jueves, diciembre 14, 2017

Conversión por el colon

«Ahora vuelvo». De eso hacía dos días.

48 horas antes.

  Los Saavedra eran un clan nazi arquetipo. Una familia nuclear compuesta de padre, madre y un hijo. Y eran unos nazis desacomplejados. Al punto de tener un perro llamado Genocidio. El niño de la familia era un dechado de incapacidades, un maestro que detentaba toda forma de memez sin ninguna destreza conocida. De una sinapsis tan lenta que siempre reaccionaba tarde al fracasado intento de pellizcar cristales. Y es que el pobre diablo tenía menos recorrido intelectual que el salto vertical de un cerdo: difamaba en el mercado cuando pasaba por el puesto de legumbres. La madre, mucho más despierta que su vástago, guardaba un secreto: era nazi con exenciones ideológicas ad hoc. En la intimidad estaba platónicamente enamorada de un actor negro. En realidad, de cualquier negro con buena planta. En la confianza de su soledad derramaba litros de fluidos fantaseando que era cubierta por decenas de músculos de ébano en una bacanal sin fin. En su opinión los flujos vaginales son una conclusión más rotunda que cualquier argumentación ideológica. Si chorreaba como un salto de agua, tanto que, en lugar de un coño, era el afluente de un río caudaloso, sería porque lo que sucede, conviene. El padre nació como Carlos Federico. En cuanto tuvo la ocasión de cambiar su nombre, lo hizo, pero en el Registro Civil no pudo hacer lo propio con sus apellidos. Se tuvo que conformar con llamarse Joseph Adolf Saavedra Gaón. Era el más severo en el cumplimiento de la praxis ideológica. Incluso en el lecho conyugal era estricto y tenía prohibido formas como el misionero o el francés. Para no contravenir sus ideas en la cama, había ingeniado una práctica que denominó blitzkrieg. Este ejercicio no era otra cosa que asaltar por sorpresa a su mujer y descargarle semen a discreción en breve tiempo. Aunque se corría un poco desganado. Por compromiso. Por respeto a las tradiciones.


  Ese día Joseph Adolf debía acudir al encuentro fugaz, en plena campiña, de unos antiguos camaradas. Montó en su Volkswagen, que lucía orgulloso una placa que conmemoraba sus 88 días de casados. Conducía sin sobresaltos, hasta que, inesperadamente, una luz densa y deslumbrante le apremió a cerrar enérgicamente los ojos. Parpadeó repetidamente hasta que pudo entornar la mirada y enfocar lo que le rodeaba. Se encontraba en una estancia con un perímetro de un horizonte inabarcable. Unas criaturas tornasoladas de formas imprecisas le tenían rodeado, suavemente, por unos filamentos. Una especie de látigos de cuero que convergían en algún punto que no lograba concretar. No era una sensación dolorosa. Al contrario, era muy agradable.

  La comunicación con esos seres no era verbal. De alguna manera, era una transmisión de emociones y sensaciones, transferidas de forma comprensible. Le informaron que la nave en la que se encontraba, el tejido espacio temporal era una paradoja. Su conciencia viviría toda una vida aquí, pero su cuerpo seguiría en la Tierra. Cuerpo al que regresaría cuando pereciera su conciencia en la nave. Volvería con todos los recuerdos de una larga vida, aunque solamente habrían pasado 24 horas terrestres. La incógnita sobre su elección se desveló rápidamente. Simplemente estaban de paso y le pilló a él. Se presentaron bajo el nombre de juggernauts.

  Vivió décadas con ellos. Una vida dichosa. En su agonía, antes de morir y regresar a su cuerpo, avino a preguntarles algo que, por alguna razón, nunca se le pasó por la cabeza hacer. Rogó que le contasen que eran esos filamentos que confluían en algún punto de su cuerpo y de los que, nunca, ni un solo segundo, estuvo libre. Sospechaba que servían para suministrar alimentos, pues no tuvo necesidad de probar bocado el tiempo que estuvo allí, y que también podría ser su vía de comunicación. Los juggernauts le confirmaron que, efectivamente, esos filamentos membranosos le proveían nutrientes y facilitaban el intercambio de información. También le confesaron que le estuvieron practicando sexo anal. Todo el tiempo. Eran una raza de sátiros cósmicos. Su único cometido era follar y follar y follar con toda especie que se encontraran en sus trayectos por el universo. En cierta manera eran unos violadores, pero lo compensaban regalando una vida. Así lo justificaban. Joseph Adolf, ya en sus últimos instantes, reaccionó impasible ante semejante anunciación. Su ano llevaba décadas descifrando los secretos de la sexualidad alienígena. Sin su conocimiento. Décadas atrás habría bramado: que si le habían profanado el insondable, que si su ario ano incorrupto era ahora casquivano... Se habría mutilado las nalgas. Él, un racista, xenófobo y homófobo que leía el Mein Kampf con ternura y su sentido del humor era tener un cartel que anunciaba “campo de exterminio” en la puerta de su váter. Se conmovió al apreciar que ese tipo ya no estaba. Había vencido sus odios. ¡Estaba enamorado!

  Su conciencia regresó al cuerpo. Salió del coche con una ambivalencia radical, feliz y contrito. Se retrepó en el césped a la vera de un árbol. Como sucede en las películas absurdamente cursis, una profusión de imágenes evocadoras le anegaron de emotividad. Se sucedían las escenas. Se imaginó que algún juggernaut le guiaba las manos para formar una vasija de barro. Se veía con ellos riendo, bailando, jugando a lo que ahora sabe que era un corre corre que te follo. Las lágrimas empantanaron sus ojos. ¡Cómo echaba de menos a los juggernauts! Recordó cómo de feliz le hacían sentir los filamentos. Percibió como la invocación de esa imagen le provocaba una erección. Se introdujo la mano en los pantalones y masajeó los genitales hasta casi deslustrar su piel. El pene duro y grande, tan enhiesto que, coronado por un pañuelo, a un enano le habría servido para jurar bandera. Comenzó a masturbarse con una fricción que iba y venía a una velocidad extraordinaria. No tardó demasiado. El Holocausto se desató en su bolsa escrotal. Se alzó y apuntó su polla, como un misil de carne, al árbol que le devolvía la estúpida mirada. El semen salió despedido con la furia de unos leviatanes ávidos de muerte. El impacto de la simiente derrochada fue de tal autoridad que saltaron esquirlas de la corteza. Varias más como esa y le ahorraría el trabajo a algún pájaro carpintero. No se dio un respiro y acometió con otra. Y otra más. Se sucedieron pajas desenfrenadas. A tal velocidad que se superponían unas a otras. Su concupiscente ferocidad se ensañó con el árbol. Un manto de secreciones espermáticas abrigó la resina exudada del árbol. Revistió el tronco nudoso de color blanco. Los gritos de placer se fundían con el chapoteo incesante de una verga convertida en un aspersor de semen. Cayó exánime después de aquel pandemónium de avalanchas testiculares. Cuando recobró el sentido habían pasado otras 24 horas.

  Consigue llegar a casa. Llama a la puerta y le recibe su mujer visiblemente alterada. La recepción es una descarga de preguntas. Hasta que se torna un parloteo inaudible que, finalmente, se difumina por completo. Su cabeza ya está en otro sitio. «¿Qué le digo? Tenemos que hablar. O no es por ti, es por mí. O te mereces algo mejor. O en este momento no puedo darte lo que necesitas. O fue increíble conocerte, pero...». La coge de los hombros y le sostiene la mirada. Le pide que, por favor, se calle un instante. Ella asiente. Él inspira. Le dice: «Lo nuestro no puede continuar. Soy aliensexual».

lunes, diciembre 11, 2017

El dentista con una sola manía

  Trabajo como dentista. Es algo que le podría ocurrir a cualquiera. Pero yo me aventuro a sostener, ante todos, que soy grande entre ellos. Y así lo anuncio en mi consulta: «El dentista colega que no viola tu boca». Un profesional con pocas excentricidades y menos animadversiones. Ciertamente, no tengo demasiadas manías que guarden relación con mi trabajo. La única, que me enojan los dientes amarillos.

  Esta mañana, con la tranquilidad por enseña que procuran mis enormes capacitaciones, me dispuse a anestesiar al primer cliente del día. Comprobé que no faltara nada en la bandeja de instrumentos dentales: el espejo, el limpiador, las tenazas, la amalgama. Metódico, me consagré a colocar la lija en la turbina. Como ya he dicho, ¡soy un gran dentista! Puedo garantizar que jamás he cometido un descuido. No he deteriorado lo más mínimo la dentadura de nadie. Aquel paciente, salvo por una pequeña caries en el incisivo lateral izquierdo, tenía la dentición robusta y saludable. Una dentadura nacarada y perfectamente alineada. Excelencia rota únicamente por un diente. El canino derecho era de color ambarino. No del amarillo ceroso que más aborrezco, pero seguía siendo una obscenidad pútrida y ofensiva más propia de un monstruo lacustre que de un ser humano. Un amarillo abyecto que lacera el decoro que pudiera ofrecer con resistencia. Una ignominia repugnante que me zahiere. ¡No puedo evitarlo! Ese amarillo impúdico e insidioso me incomoda, me desasosiega, me revuelve las tripas. A pesar de ello me concentré en localizar la pieza dental carcomida. Con el fresador lijé el erosionado esmalte hasta dejar la cavidad totalmente limpia y la estructura dental sana. Con suma delicadeza trabajé la amalgama con la que iba a tapar la cavidad... Y ya no sé qué sucedió entonces. Mi vista se perdió en el amarillo del canino derecho. Tomé un escalpelo y hurgué en la encía de ese diente hasta hacerla sangrar. Penetré y volteé con violencia a izquierda y derecha. Agrandé la herida y seguí removiendo con ensañamiento hasta hacer trizas la carne. Empuñé las tenazas y le arranqué el abominable y corrompido diente amarillento. Enajenado, tomé la turbina dental, la despojé de la lija que cubría el rotor y se lo incrusté en el cielo de la boca hasta que toda ella fue una masa pulposa. No cedí. Roté persistente hasta trepanar uno de sus globos oculares. Finalmente, sin poderlo remediar, destruí a golpes con el mismo instrumento toda su dentadura. De él no quedó nada más que un guiñapo sanguinolento.

El hecho me ha hecho reflexionar. Quizá no soy un dentista vocacional.

sábado, diciembre 09, 2017

La muerte es una mierda

  Muchos creen en alguna entidad superior que es la conciencia, la creación y el fin de la misma. Un algo omnipresente omnisciente y omnipotente. Ese algo es nuestro policía, fiscal, juez y verdugo. Aunque no parecen saber gran cosa de Él. Ni tan solo se nos ha revelado si caga o no. En cualquier caso, el 'algo' lo es todo. Es lo que nace, lo que permanece, lo que se detiene, lo que se reanuda y lo que muere. A las 15.30 decidió tramitar la muerte de Alan Moore.

  Asistir a tanatorios no es el mejor pasatiempo al que aficionarse. Hoy la presencia a uno de ellos era reglamento preceptivo. Iba a velar al hermano muerto de su mejor amigo. Tan funesta inconveniencia, sin embargo, no modificaba sus hábitos matutinos ni su rutina higiénica. Encendió un difusor que liberaba una fragancia sutil y delicada que vestía con elegancia el cuarto de baño. Se sumergió en salmuera. Se secó con una toalla japonesa de seda. Acicaló su pelo con esmero, atusó la barba con un bálsamo y se procuró un masaje en la cara con crema hidratante. Se emperifolló tan estiloso y elegante como cada jornada. Todo un petimetre. De manera invariable, desayunó saludable. Leche de espelta con muesli, tortitas de clara de huevo y pan de centeno. Aunque, quizá por la excepcionalidad del día, tomó buena cuenta de un capricho, y devoró con fruición una enorme tarta de café y chocolate negro.

  Hacía años que no entraba a un tanatorio. No frecuentaba esos ambientes. Prefería dar pésames por WhatsApp. Y estaba algo inquieto. Pensaba que, tal vez, iba demasiado atildado a una ceremonia de tanta severidad y mesura. Sin embargo, le tranquilizó comprobar que la atmósfera lúgubre del funeral se veía paliada por la lumonosa escenografía del recinto. El interior no era completamente funcional ni tampoco churrigueresco, era distinguido como la Recepción de un hotel de gran lujo. El espacio tenía calculados ornatos en los marcos de las puertas. En las paredes, de un blanco sin mácula, colgaban cuadros de autor de estilo art déco. Recipientes de cerámica con hortensias, gloriosas y ciclámenes dialogaban con soltura con unas jardineras, embellecidas con pericia de exquisitas filigranas, en las que se acomodaban lirios orientales, mimosas, orquídeas, lavandas y jazmines. El lugar desprendía un olor tenaz y persistente. Tan relamido como él mismo. Lejos de imperar la estética funcionarial y aséptica que de manera errónea sospechaba.

  Entró en la sala donde se encontraban el hermano del difunto y el resto de amigos y familiares. En el instante que tomó contacto visual con el amortajado, sintió una fuerte contracción estomacal. En esos segundos procuró pensar en las cosas buenas de este mundo. Pero solo le llegaban oleadas de imágenes repugnantes. Larvas ciclópeas, moscas del tamaño de albatros y cantantes de reggaeton. El retortijón le oprimió con más intensidad. Hasta que el dique mental ya no pudo contener el torrente sonoro de la flatulencia. Un pedo espectacular, potente como una discrepancia entre muflones, hizo vibrar los vitrales. Se sucedieron uno tras otro como réplicas de estallidos nucleares. Cada uno más estrepitoso que el anterior. Desencadenó un aquelarre de ventosidades espantosas que prosiguió con un olor luciferino que transmitía dolor a nivel molecular. Una bruma de azufre corrupto inundó la estancia. Varios hombres palidecieron y se desmayaron por el enviciado hedor. Con el esfínter ya carbonizado, terminó el viacrucis con una última salva de metano asesino. Tan intensa que desató una avalancha de mojones graníticos. Seco y deshidratado, la incontinencia fecal devino en una diarrea que era como el espurréo de papilla de un bebe. Se tambaleó con el ano crepitante, y en su último estertor lanzó el cuesco final entrando en fatal shock cardíaco. Murió en la ignominia, tendido sobre un manto de vulgaridad, degradación y mierda.

  Esta mañana Alan Moore sólo quería velar a Grant Morrison, pero a las 15:30 confirmó empíricamente que no hay nada más descansado que el después de haber cagado.