martes, mayo 21, 2013

Se cubrió con telas, se afeitó las barbas, se depiló las piernas, invirtió en máscaras, y... se perdió

Cumplir años sirve para, entre otras cosas, apilar entre los recovecos de la memoria tribulaciones que frustran lo que pudieron ser buenos recuerdos.

Los años están para seguir traicionándose con ilusiones que en su pulso con la realidad sufren el proceso de súbita oxidación que no solamente herrumbra sino que percute de forma implacable. Porque el paso del tiempo no siempre es eficiente para con uno, y no impide que se siga sorteando con intrincadas argucias esa verdad encubierta que se manifiesta cuando menos se espera; es un acumulador de decepciones. O dicho de otra manera, el avance gradual y ordenado de la existencia sólo es ir descubriendo que conectar con otros seres humanos -y lo que legitiman y perpetúan- es el frágil equilibrio que mantienen las esperanzas depositadas con las crudas realidades, y que casi siempre se decantan hacia el mismo lado, ese que agita como un inexperado terremoto, que marca con indelebles huellas que permanecen por siempre.

Por esa misma razón prefiero a los animales que no han desarrollado el encéfalo tanto como para escribir libros de autoayuda, libros escritos por gilipollas que nos explican como dejar de ser imbéciles. Los antepongo a ese animal racional cretino porque no juzgan con la mirada, no han sido transformados por la cultura, no han esquivado su naturaleza, no están envilecidos. Porque están limpios.

Todos los animales son fantásticos. Menos uno, ese con careta que vive dentro del perímetro artificial de la cultura; ese animal es una puta mierda.

De buen rollo, claro.

Y bla, bla, bla.

viernes, mayo 17, 2013

Ocupar tanto espacio y tiempo para ofrecer tan poco

Cualquier explicación al avance modo rodillo de los cantos de sirena del capitalismo debe desarrollarse haciendo especial hincapié en su relación con la vida cotidiana, en como ha cincelado nuestros hábitos de manera sutil, penetrado en nuestra psique para que hilvanemos nuestros vínculos con el medio que nos fagocita mediante su dinámica depredadora y compulsiva. Un sistema en el que el consumo es un propósito, El Propósito. Llenarnos de mierda innecesaria teniendo como corolario la servidumbre voluntaria. Una sumisión que justificamos penosa y peregrinamente, porque de alguna forma todos somos acumuladores, y hemos ido reuniendo cachivaches de todo tipo al tiempo que excusábamos su presencia en nuestras vidas.

Nada raro si consideramos que somos una especie acontecida en una aberración monstruosa y corrupta que ha perdido todo el sentido de la medida y de las prioridades. Tener ha pasado a ser el objeto de nuestras fantasías, y ahora hemos alcanzado otra fase más en la construcción de ese yugo descarnado que hemos colocado sobre nosotros como una pieza indisociable de la que no queremos librarnos. Ya no somos los esclavos solamente de las urgencias y promesas fraudulentas que nos han convertido en rehenes de los pufos, ni de la inercia que nos impide cuestionar con contundencia el embeleso de las falsas ilusiones que nos proporciona reunir chismes superfluos y disculparlos otorgándoles un valor más allá del monetario: "que si la televisión por ésto, que si cadena hi-fi por lo otro, que si el ordenador, que si el ipod, que si el ipad, que si el bla, bla, bla, y mil y un aparatos y cacharros de toda índole que, como son el progreso, hay que poseer, sino que ahora también actuamos como los protagonistas de la fábula El Flautista de Hamelín ante la fascinación virtual que tóxicamente impregna toda nuestra atmósfera vital.

En lugar de perecer en el río como las ratas del cuento de los Hermanos Grimm, estamos hundiéndonos poco a poco en un lodazal sugestionados por la magia de esa nueva nueva realidad que debemos abrazar sí o sí. Perdemos de manera inexorable los valores, y lo defendemos desde argumentaciones hueras a nuestra conveniencia para que nos proporcionen consuelo. Nos mostramos incapaces de tratar a los demás con el respeto que se merecen, de ser valientes, de ser honestos. Sometidos por el hechizo de los lazos sociales y vías de comunicación que imponen las nuevas tecnologías, somos como la rana que muere hervida poco a poco en un cazo de agua: como ésta se escalfa lenta y paulatinamente, el pobre bicho no es consciente del aumento gradual de la temperatura y fenece cocido. Lo peor es que nosotros mismos prendemos la lumbre que nos mata.

No sé dónde leí aquello de "tú tienes un facebook, yo una vida", y me pareció muy llamativo porque no entiendo las implicaciones que quieren dar a la palabra progreso asociándola a las nuevas herramientas "sociales". Imagino que esa relación del progreso con la protodistopia que estamos organizando tiene su sentido, puesto que cada vez queda menos de personas en nosotros y nos acercamos más a la era de los cyborgs; al menos emocionalmente. Supongo que es normal dejarse arrastrar por la corriente que nos lleva a ese porvenir tan abúlico como tétrico, porque nos facilita la vida a la podredumbre que somos.

Una pierna de titanio puede reemplazarse, un exoesqueleto puede mejorarse y un corazón artificial que bombee sangre de acero sólo requiere mantenimiento y sustituir las piezas cuando empiezan a fallar. ¿Las emociones y los sentimientos? Sólo reminiscencias. En cambio, actualmente nuestro actual corazón como órgano anatómico no sólo es frágil, sino que también sirve para darle sentido a la figuración, y en ambos casos, a diferencia del cibernético, se asemeja a una vasija rota recompuesta: siempre se le marcarán las grietas.

Si han comenzado el camino de la mutación, disculpen a todos los que no lo han empezado. Entiendan su incomprensión.

martes, mayo 14, 2013

Para trapos guapos, mis calzoncillos

Hace algunos años apareció la moda de colgar banderas en balcones, moda que finalmente ha devenido en una costumbre. Un acto de exhibicionismo algo caricaturesco, y bastante histérico, afianzado entre esa parte de la población que no encuentra evento ni circunstancia que se libre de pretextos que impidan mostrar el oportuno trapo distintivo desde la baranda de la terraza. Vulgarizando al extremo lo que ya de por sí es muy vulgar, sobreviniendo el valor del símbolo a un simple elemento que ha dejado de estar sujeto sólo a la leyes de los sentimientos más pedestres para abrazar los códigos que rigen las fruslerías con ínfulas; los mismos postulados que dictan la conversión de una representación trascendente en una figura espuria. La bandera como esa identificación que en el imaginario hace las veces de sustitutivo de la imagen real por la que gustaría representar o proyectar o aspirar en unos casos; de patrioterismo banal sometido a las veleidades del momento en otros. Y a fin de cuentas, la bandera como coartada moral para salir del arroyo en todos ellos.

En el primer estadio del fenómeno se vieron banderones azulgranas adornando los balaustres como un motivo de celebración de los títulos del Barça. En el siguiente fueron los balcones engalanados con la siniestra estanquera que se empleó para festejar los triunfos de la Selección de la Federación Española de Fútbol en competiciones internacionales. Finalmente, en el último, que se origina el 11 de septiembre del 2012, se entabla sin sutilezas una guerra de baja intensidad con símbolos nacionales en las barandillas como protagonistas.

Ver estanqueras ondeando en ventanas de edificios del barrio es una posibilidad que no debe extrañar a nadie si se apela al sentimiento nacional que se profesa mayoritario por estos lares (según señala un estudio de la UPF, éste sería uno de los 27 municipios donde en caso de referendo de autodeterminación el "No" ganaría con claridad. Por contra, 167 contarían con un empate técnico y 753 votarían un "Sí" sin paliativos), pero por esa misma razón la proliferación de esteladas en una zona que hasta ahora se había mostrado tan hostil a la penetración catalanista, todavía menos propicia al separatismo y, porque no decirlo, poco identificada con la cultura catalana y nada con el llamado fet diferencial, es digna de estudio.

En el edificio del bar al que he ido a echar un café y en el de enfrente puede verse esto:



La cronología de los hechos es bien simple: Primero alguien decidió colgar una estelada quizá motivado por el desacomplejado estallido independentista. Poco después un vecino de su portería, igual de resuelto y gallardo, se animó con otra. No era nada habitual ver ese tipo de banderas por aquí; dos en un mismo edificio era una anomalía. Y una provocación para algunos, así que al tiempo despertaron los instintos territorialistas de un morador del pequeño edificio sito enfrente, que replicó enarbolando sobre su fachada una estanquera. El vecino del bloque contiguo, contagiado por el alarde de lo imperial, lo eterno y lo indisoluble, decidió acompañarlo y formar clan con él lanzándose a flamear otra igual. A los pocos días contestó a este último su vecino del primero con una estelada en clara señal de alianza con sus afines del otro lado de la acera.

Unga, unga, escaramuzas, aldarulls, no me quites el colmillo de mamut y demás atavismos. Lo típico. Pero es francamente indignante, porque sin entrar a considerar implicaciones mucho más peliagudas, existe un agravio comparativo a todas luces inadmisible, por lo arbitrario, respecto al resto de la ciudadanía.

El ayuntamiento parece no cuestionarse esta invasión del espacio visual representada por la ostentación masiva y permanente de determinados retales, cuyo impacto estético es enorme desde la vía pública. La corporación municipal permite no sólo que se icen banderas de multinacionales de la pelota y demás telas coloridas (es lo que son, aunque manifiesten emociones, apegos y sentimientos de pertenencia) en ocasiones especiales, sino que condesciende y autoriza su exhibición ad eternum en balcones y ventanas. Por lo contrario, sí interviene sancionando la exposición -funcional- de otros tejidos -prácticos-. El consistorio impide y castiga la ceremonia del calzoncillo imposibilitando por imperativo legal que puedan colgarse calzones en los balcones si éstos son visibles desde la calle (y el edificio dispone de terrado); al igual que calcetines, camisetas Imperio y otras prendas fabulosas que nos definen y contienen muchas más implicaciones emocionales que cualquier bandera que diga simbolizar fronteras administrativas y políticos, gestas pretéritas, gloriosas batallas absurdas, identidades nacionales o complicidades deportivas con empresas muchimillonarias que dicen representar no sé qué, a no sé quién y no sé cuál. Es decir, que institucionalmente se tolera la muestra abusiva e intensiva de banderas manchadas en la ignominia, la sangre y la mierda, pero unos calzoncillos inmaculados son tratados como algo indecoroso e indecente que hay que ocultar. Es terrible. Un oprobio a esas grandes prendas. ¿Qué demonios sucede aquí, ayuntamientos de los huevos?

Sucias banderas antes que calzoncillos limpios.

Injustice system.

lunes, mayo 13, 2013

Droga express

Cumplir el servicio militar en una pequeña ciudad de provincias enclavada en un área muy poco urbana, y a cientos de kilómetros de distancia del hogar, era un inconveniente severo para una entusiasta chavalería que soñaba con triunfar en su, todavía, poco desarrollada politoxicomanía vocacional de fin de semana. ¿Dónde conseguir buena mierda? Y es que en esa juventud se intuía la gloria. Un reclutamiento formidable de vicio y corrupción formado por memorables maleantes profesionales, promesas de la droga, exitosos alborotadores, célebres sinvergüenzas y solemnes protodelincuentes de barrio.



Estos jóvenes, ya caracterizados por el color caqui por imperativo militar, estaban habituados al material que podían fácilmente conseguir en sus respectivos barrios y municipios del extrarradio metropolitano barcelonés, y en la primera y superficial exploración visual, tras bajar del transporte que los trasladó hasta allí, adivinaron los problemas que tendrían para obtener polvos espirituosos, ácidos místicos y ascéticas pastillas. Nada más realizar el primer reconocimiento de campo las sospechas se vieron confirmadas por las limitaciones de esa pequeña ciudad provinciana que se sentía apoderada cada año por cientos de chavales de barrio de Barcelona. Esta localidad no iba a poder suministrar estupefacientes en cantidad ni de buena calidad, pero las cortapisas no iban a frustrar su carrera toxicológica: ya se encargaría la logística de solucionarlo.



Los tripis eran la sensación del momento, y estos chicos en edad núbil comían lisérgicos como si fueran lacasitos. Además, era una droga fácil de conseguir para los quintos, bien gracias a algún insigne recluta que traía los tripis desde Barcelona, o bien por ellos mismos cuando podían escaparse algún fin de semana a su ciudad. Siempre había algún chalado con alma suicida que se zampaba uno o se lo colocaba debajo del párpado en el trayecto de autobús de ida o vuelta gratificando al resto de pasajeros con un perturbador pasaje del viaje de Dante, profiriendo demenciales gritos de trastornado o riendo nervioso como una hiena enajenada. Esos viajes podían ser toda una expedición a la paranoia y la insania. Otros eran más sensatos y solamente los tomaban una vez en tierra. Personas responsables y juiciosas, jóvenes que serían el yerno que toda suegra quisiera tener en navidades.



Tras varios meses, hastiado de la rutina cuartelaria, uno de ellos se presentó voluntario para ser destinado un tiempo a un acuartelamiento perdido en los Pirineos. Bueno, hastiado... interesado, porque aquello le concedería un permiso de dos semanas. Con él fueron cinco chicos, además de alguien de la cadena de mando, un sargento. El procedimiento oficial exigía también la presencia de un cabo, pero prácticamente todo el destacamento profesional seguía destinado en los Balcanes y no podían dejar a la unidad sin el único que disponían en el cuartel, así que se vieron impelidos a nombrar cabo interino a un soldado raso de reemplazo. De manera increíble nombraron cabo provisional al chico que se presentó voluntariamente al destino: "Madre de Dios bendito, ¡cómo serán los que van contigo para que tú seas designado cabo!" le confesó un mando. En efecto, el chaval era un mendrugo que coleccionaba broncas y arrestos, pero todo el grupo era un instructivo all-star de la droga, de la inconsciencia, de la insensatez, y, porque no decirlo, de la subnormalidad profunda.




La mayor contrariedad era la imposibilidad de encontrar "suministradores" locales (estaban aislados en alta montaña) y de buscar provisiones en el barrio (un mes sin poder salir de allí). Por suerte, a las órdenes del transitorio cabo (apuntar que éste era un tipo realmente atractivo y de verborreica profusa) estaba el hermano de una ilustre mercader de la droga de una localidad arrullada por el Mediterráneo en el cinturón metropolitano de Barcelona. Esta prestigiosa muchacha era quién proveía a un no menos insigne actor de la transición que en aquellos momentos residía en su municipio. Con semejante currículum medicinal le concedieron total confianza. Así se encomendaron a la abastecedora de estrellas patrias, la mujer que expedía farlopa en un paquete vía Seur express 24H a un cuartelillo olvidado en medio de la nada y perdido en la inmensidad los Pirineos.

10.000 pesetas más gastos de envío.



Esta historia basado en hechos reales me proporciona el argumento para cargar nuevamente contra esa suerte de Internacional de las Nuevas Tecnologías que pontifica sobre ellas desde un discurso evangelizador que gravita alrededor de una fe casi ciega que pretende arrastrarnos a nuevos dogmas seglares, persuadiéndonos de presuntas capacidades libertadoras y del hipotético poder infinito de las nuevas tecnologías. Un entusiasmo por la cibervida que definitivamente ha perdido el sentido de la dimensión y arroga cualidades a internet fuera de toda proporción.

¿Podría alguien por el correo electrónico enviarme un archivo adjunto que me proporcione las mismas y maravillosas sensaciones que un paquete como aquel por el ordinario?

Seamos serios, por el amor de Stalin.

viernes, mayo 10, 2013

Aquellos días



Recientemente cerró sus cuatro salas el multicines de la imagen, el último de barrio que quedaba en este imperio formidable y uno de los escasos que todavía resistían en el Baix Llobregat sur, la zona del Delta y, me atrevería a aventurar, en toda el área metropolitana. Poco después hicieron lo propio las 14 salas del Centro Comercial Llobregat Centre, el multicines que aceleró, más si cabe, la decadencia de la oferta del cine de barrio que se apagaba ante la indiferencia de la mayoría que apuesta por un modelo de ocio de consumo más intensivo. Pero terminó devorado presa también del mismo sistema depredador que antaño le benefició. Las 14 salas de los cines de este centro comercial fueron fagocitadas por la propuesta de un centro comercial más moderno que se levantó a 15 minutos a pie. Sus cines duraron lo mismo que la virginidad de un púber que entra a formar parte del ministerio del altar.

Sitios para matar el tiempo que el tiempo entierra, como el tiempo que sepulta la perspectiva y transforma las vivencias de niño en una simple sucesión de acontecimientos pretéritos que para muchos están lejos de haber sido un instrumento de aprendizaje y proceso para desarrollar la empatía.

Hace unos días, visitando el piso de unos colegas, pude observar como de las paredes colgaban hojas con un comunicado del presidente de la comunidad de vecinos. En él podía leerse como este LIDER manifestaba haber hecho llegar al Ayuntamiento las quejas vecinales en relación al "jaleo" que provocan los niños que juegan al fútbol en el patio del colegio aledaño al edificio, y la consiguiente respuesta del consistorio a las mismas. La notificación afirmaba que la Administración se comprometía a enviar la policía municipal para desalojar la chavalería siempre que hubiese una llamada demandándolo.



El edificio está sito en la calma típica que puede presentar un barrio que cuenta con una moderada densidad residencial de apenas 60.000 hab/km2, linde de una edénica ronda de circunvalación por la que circulan unos cientos de miles de vehículos que suministran un silencio y sosiego de ninfas etéreas tañendo armonías con arpas de luz. La quietud es tal que puede oírse el sedoso desplazamiento de las nubes y las caricias de los rayos de sol al mar. En un paraíso de paz y amor donde la parsimonia no es una opción personal sino que está sobreentendida por la naturaleza de un sueño de árboles frutales, fragantes flores de vivos colores y balsámicas vistas, el fragor de los balones y el estruendo de unas vambas lidiando contra el cemento es un escenario insufrible, insoportable, inadmisible, un abuso luciferino: a las 21:00H. los chicos de 14-16 años en el sofá viendo la televisión y dando gracias a Dios por haber creado este imperial vergel y permitirles complacerse en, de y con él.



Ah, aquellos días en los que había que salir corriendo de niño porque la guardia urbana nos venía a echar ceremoniosamente de las pistas de los colegios. ¡Con cuántos del barrio tuve que escapar por patas! Pasados muchos años descubro como algunos de ellos se han resignado a la desmemoria o han sufrido la misma metamorfosis que tantos otros mayores de aquellos días para transformarse en soplones de medio pelo que se encomiendan a los hilillos para que persigan a chavales que sólo quieren jugar, sin otra opción para hacer deporte gratis que saltar vallas de colegios porque no disponen de pistas para tal efecto.

Que sitio este. Cuando no son niños haciendo deporte porque montan jarana, es el alboroto de las clases que se imparten en centros cívicos, el jabardillo de las terrazas o los bancos de las plazas. Molestan las narcosalas, los centros de salud mental, los comedores sociales. Todo es un problema para la panda de chivatas lloronas y egoístas para los que "aquellos días" quedan en la nada, postergados en los rincones estériles de la indiferencia con un corazón encarroñado y consumido por la amargura.

jueves, mayo 09, 2013

Piezas de puzzle

En España (entendida como sujeto político) gusta Cataluña como una mujer guapa gustaría a un chuloputas que lleva toda la vida ejerciendo como tal incapaz de aceptar para sí otro comportamiento: «Hey nena, me gustas mucho: no te enfades. Sabes que me estimulan tus labios carnosos cuando los miro y enardezco cuando los beso, que la solidez de tus nalgas me enciende y con sólo acariciarlas irrumpe en mí un frenesí incontrolable, que la firmeza de tus senos volcánicos es puro arrebato que delecto con fruición. Vamos, que estás enterada que follar contigo me mola más que cagar con ansia. Pero debes comprender que sobre todo me satisface la relación cuando me das la razón sin rechistar y me pagas los caprichos que se me antojan. Me gusta que vivas inhibida, no que seas tú misma, muñeca. Te quiero... pero se "buena" o te llevas otra hostia»



En España se valora la divergencia con la agresión, porque la concordia española se expresa en modo Kabul. Es decir, que con ella habrá entendimiento, amabilidad y una sonrisa siempre y cuando se piense, sea y actúe dentro de los estrictos parámetros que ha delimitado previamente para que la conversación siga un patrón lineal en el que siquiera se nombre lo que parece ser eternamente incuestionable.

En España la propaganda ha extendido y afianzado la idea de que algunos de los pueblos que la componen poseen un idiosincrasia que define a sus parroquianos como ciudadanos abiertos, tolerantes y comprensivos en contraposición a otro pueblo motivado por tribalidades (como les gusta hablar de tribus a los que desde las cavernas ideológicas defienden la indisolubilidad del Estado como un clan trastornado), compuesto por una población muy suya y puñetera que se niega a ser fagocitada y convertida en una anécdota folclórica con peculiaridades de guía turística, y por ésto España vive una correspondencia distorsionada con una realidad sociopolítica, porque sigue confundiendo el intrusismo "simpático" de barra de bar y la campechanía de chirigota con su verdadera naturaleza, y no es otra que la que históricamente define a España y ciudadanía promedio: cerrada, intolerante e intransigente.



No es que Cataluña sea diferente al resto de España en este sentido, adolece de lo mismo o peca de otras cosas, sólo se trata de entender que la única manera de montar un puzzle no es pretendiendo encajarlo por cojones, sino ensamblando cada pieza en su lugar correspondiente.

miércoles, mayo 08, 2013

Here comes the sun in Barcelona

Junto a la celebérrima y gótica basílica de Santa María del Mar se encuentra el Fossar de les Moreres, un emplazamiento que antaño fuera fosa común y hoy concurrida plaza del barrio de La Ribera. Bajo ella están enterrados muchos de los defensores de Barcelona en la Guerra de Sucesión, y como homenaje a los muertos del asedio franco-castellano, en la superficie se levanta un gran pilar curvado de hierro del que prende en su cúspide el pebetero de La Flama Eterna. Es un lugar con un fuerte simbolismo para la ciudad y, por ende, para toda Cataluña. En la plaza una inscripción reza Al Fossar de les Moreres no s'hi enterra cap traïdor; fins perdent nostres banderes serà l'urna de l'honor (En la Fosa de les Moreres no se entierra ningún traidor; hasta perdiendo nuestras banderas será la urna del honor).



21 años atrás la Casa Real confió en su Cristina para granjearse las simpatías que no tenía en un territorio declaradamente hostil para los borbones y la Monarquía española. 300 años después del asalto de las fuerzas centralistas borbónicas a Barcelona, algunos vimos una suerte de justicia poética que el primer Borbón cuestionado por la justicia fuese el único miembro de la estirpe viva afincado en la Ciudad Condal. Pero era mucho confiar en un Estado cainita de rancia cortesanía, así que por arte de birlibirloque su aparato judicial se saca de la manga una solución ad hoc para socorrer a la trabajadora de La Caixa. Aquí paz y después gloria.



Un presidente de la que probablemente sea la comunidad más castigada de España, descarnada a dentelladas por las mandíbulas carroñeras de terratenientes, caciques, políticos ventajistas que viven en la sombría telaraña de redes clientelares que llevan 30 años tejiendo, y por un Estado de matriz centralista y nacionalista únicamente interesado en alimentar la cultura parasitaria de su maquinaria y de una ciudad/comunidad (instrumentalizada a este fin muy a pesar de sus ciudadanos más progresistas que quisieran otra relación de su comunidad con el Estado y otras comunidades) a costa de las economías de las comunidades productivas en lugar de pretender solucionar la eterna política del platillo que lastra a las comunidades subsidiarias de las que sólo sacan rédito sus políticos, se ha empeñado en recoger el testigo de su ilustre antecesor en la poltrona; otro figura de la catetada nacionalista rojigualda. A este tipo siniestro le ha dado por espurrear diatribas día tras día en los medios sin mesura ninguna referenciando Cataluña se hable de lo que se hable. La última hazaña creativa de este personaje ha sido afirmar que los catalanes vivimos en un estado de excepción (¡Y ésto dicho por alguien de la pústula!). O es consciente que miente y sólo lo dice para ganarse las simpatías entre los de su ralea porque tiene comprobado que las barrabasadas contra Cataluña venden muy bien en casi cualquier comunidad española, o se lo cree porque es un burro que prefiere imponerse las anteojeras para negarse la visión periférica, pero de cualquier formas estad atentos al dial: que nadie se extrañé que próximamente en las ondas revele que la Virgen de la Moreneta es de la ETA. O catalana lesbiana nazi de la ETA que abortó un hijo blanco y hetero porque era de padre español.



Con un país tan congelado en el tiempo, en el que a menudo suceden cosas tan extemporáneas que parecen pasajes sacados de las leyendas artúricas, tan petrificado en lo político y lo social, tan rancio... tan borderline, me es imposible identificarme y me ha desmotivado completamente: cuanto menos sepa de él y menos vinculo tenga, tanto mejor. Estoy asqueado de él. Por suerte arriban los días luminosos y por momentos puedo abstraerme de que comparto espacio físico, administrativo y político con estos trasnochados y que vivo bajo las directrices de un Estado carpetovetónico porque así lo quiere una población de mendrugos. Sí, porque llega el buen tiempo y con él se abarrotan las calles de Barcelona con las macizas turgencias de vikingas holandesas de 1.80 y se pasean culos firmes de seductoras italianas con labios pulposos. Vienen meses para embelesarse con la belleza serena de las francesas y dejarse llevar por la sensualidad arrolladora de las argentinas. Una época para impregnarse con la radiante sexualidad de las checas y enamorarse con la alegre ingenuidad de las yanquis. Y noches para soportar ingleses borrachos meando y potando en cualquier sitio, e italianos con gafas modernas arrimando cebolleta a toda la que se mueva. ¡Ah!... Siempre hay el contrapunto, ¿verdad? Pero en este caso, a diferencia del otro, no me importa para nada: la balanza aquí me es muy favorable. Merece la pena.

Gracias Astro Rey.

martes, mayo 07, 2013

¡Vivan las palabrotas!

Normas no escritas sugieren que el empleo de las llamadas palabras malsonantes no es el adecuado ni la manera idónea para expresarse delante de niños. A mí, como persona versada en el arte del insulto, con esta venda represora en forma de precepto mojigato me anulan una parte muy importante de mi personalidad. Esa es la razón principal por la que me sienta algo incómodo con niños cerca, porque estoy excesivamente condicionado por el melindre moral impuesto por la herencia judeo-cristiana que todos abrazan sin cuestionarse. Y como vivimos en un mundo timorato y moralista, los que no lo somos tanto nos vemos subordinarnos a la pusilanimidad imperante.

Como en todo, el problema no es el niño, sino el adulto que reacciona ridícula y aparatosamente como un gazmoño a la palabrota; el niño sólo interpreta el mensaje que el adulto insinúa.

Es contraproducente refrenar la voluntad de un crío impidiendo que pueda expresarse con vocablos altisonantes. Verbigracia, yo mismo. A mí de pequeño me decían insistentemente que las palabrotas eran propias de maleducados, que beber alcohol era malo y que la droga mataba. Como todas las privaciones y restricciones desprenden el mismo halo de fascinación, al final la contención estalló y quise probar eso que tanto me negaban. Pues mirad lo que creasteis. Y gracias, por cierto.

Un par de meses atrás un colega que ahora vive lejos de aquí trajo consigo a la cría de humano que tenía su pareja, a un maravilloso bar grasiento del barrio en el que nos encontrábamos abrevando infames cervezas hipercarbonatadas. No sé qué edad tenía el chaval (no controlo mucho de cachorros de los monos sin pelo, mis métodos para valorar su edad entiendo que son cuestionables), pero en ese momento, aún de lucidez, calculé que unos 10 años porque medía más de un metro y andaba y hablaba al mismo tiempo de manera más o menos fluida. En un principio sentí ambivalencia, la que siempre me abruma cuando me encuentro en presencia de críos, porque aunque pocas cosas me resultan más entrañables que niños en los bares aprendiendo el precioso oficio de borracho social, su presencia también significa la mordaza que me impide desenvolverme con naturalidad. Un niño cerca me resulta enormemente inhibidor, me agota.

A los 10 minutos de su presencia (en medida de tiempo de bar, dos medianas) solté a vuelapluma la primera palabrota; cuando fui consciente de ello la repetí con fruición, marcando cada sílaba primero, deletreando cada letra después. Para enfatizar el significado de la blasfemia también la subrayé con aspavientos desmesurados y golpeé la mesa con medida furia como mandan los cánones de la indignación. Estaba ya hasta los huevos, ciertamente, ¡dos eternas medianas sin mencionar una palabrota! El niño, que hasta ese momento se mostraba esquivo y distante con nosotros, mirando sus vambas ante el tedio que le provocaba las conversaciones entre adultos, alzó la cabeza con celeridad para mostrarnos por primera vez una gran sonrisa. Una gran y honesta sonrisa. La mesa me miraba algo enjuiciadora... a excepción del "padrastro", que conminó al mocoso a conversar conmigo en los mismos términos. A los niños les gustan las palabrotas porque provocan una reacción en el adulto, ésto le permitió al chaval interactuar con un hombre que le trato con respeto, de igual a igual, de palabrota a palabrota. Fue liberador para él y también para mí. Un momento preciosísimo el poder escuchar los improperios desenfadados y entusiastas de un nene que disfrutaba desenvuelto, sin sentirse cohibido, solazándose con el maravilloso mundo del insulto y la palabrota. El muchachín sorprendentemente desplegó un amplio abanico léxico de sucias palabras, una plétora de insultos y vejaciones que eran una oda a la libertad de recursos lingüísticos. A la libertad en sí, cojones. Lo era que ejercitase la sin hueso con esas "palabras feas" que ahora son tan políticamente incorrectas y tan poco del "rollo", porque con su actitud indicaba que entendía sobradamente que los hijos de la gran puta no son vástagos de las profesionales del sexo y que los maricones no describen a las personas homosexuales. Comprendía que no tenían por qué transmitir machismo, sexismo, homofobia, sino que podían ser expresiones espléndidas, insultos magníficos que trascendiesen la hediondez intolerante del rechazo, discriminación o minusvaloración por cuestiones de género y opción sexual que tuvieron primigeniamente. Fueron 40 minutos soberbios de alcohol, insultos y palabras de trazo grueso. Un día hermoso de fraternización.

El mayor insulto a los demás es la deshonestidad, así que enseñémosles a los niños a ser honestos y valientes, no gastemos energías baldiamente pretendiendo que hablen como santurrones y meapilas. Ilustrémosles para que puedan desplegar todo el poder del taco introduciéndoles en bares para que se instruyan y puedan desarrollarlo. Digámosles que entramos en puticlubs porque el amor de pareja es una mentira judeo-cristiana. Confesémosles que las mejores 100 noches de nuestra vida han sido en compañía del alcohol y las dextroanfetaminas. Revelémosles que bienaventurados no son los mansos, sino las mujeres que se comportan como putas y los hombres que obran como pendencieros. No les evangelizemos para que hereden nuestra hipocresía.

La generación emoticono es una generación tóxica, una prole bastarda, agilipollada y fraudulenta perdida por el empleo estúpido de herramientas virtuales que fomentan el refugio cobarde, pero otro mundo es posible todavía con las que vienen: un mundo de juramentosos y maldicientes que hablen a la cara, un mundo de palabroteros valientes.

Las palabrotas son liberadoras.

lunes, mayo 06, 2013

Tengo asumido que los demás no engañan con su actitud sino que somos nosotros mismos quienes lo hacemos, porque es ineludible la creación de expectativas de momentos y personas; al hacerlo ya estamos apostando por alguna clase de mentira. Existir es el terreno más fértil para la decepción porque es la constante invención de realidades. El simple hecho de vivir supone en sí mismo la mayor de todas las mentiras.

Dicen que las decepciones se evitan no aguardando nada, con el distanciamiento emocional y casi evaluando a las personas como si fueran objeto de estudio. Que hay que aprender a vivir con ellas porque son inevitables y bla, bla, bla. Claro, y "de todo se aprende", "no es bueno ni malo, sino distinto", "cada cual es cada cual", "todas las opiniones son respetables", "eso es muy relativo", y que bonitos tus ojos azul cielo, tu sonrisa nacarada y tu cabello dorado ondeando al viento como hebras de oro. Gilipolleces.

La decepción una vez que aparece es para quedarse. Vivir mola pero es un mal invento.

jueves, mayo 02, 2013

Los museos

La única obra de arte que me interesa es la que veo cada mañana en el espejo. Quizá por ese motivo tan sólido mi historial de visitas museísticas es pobre como la colección de calcetines de Tarzán. No quiero disimular que es una actividad que me aburre con solemnidad. Prefiero mirar una charca con renacuajos que adentrarme en esos espacios que desprenden ampulosidad y tedio.

Cuando estaba en (o iba a) Madrid siempre había quien me preguntaba a cuántos de sus museos había ido o me sugería visitarlos. "¿Cómo es que no vas, si es lo más característico de Madrid?" "¿No te gustan los museos, cómo dices eso?" Que si el Prado, que si el Thyssen, que si el Reina Sofía, que si bla, bla, bla. De buenas maneras les exponía mis razones que en el fondo encubrían un "oigan, váyanse a la MIERDA". Quienes se delecten con la abulia que disfruten de las pinacotecas hasta la sobredosis, pero también sería conveniente que entendiesen a los intelectuales del alcohol que preferimos dar buena cuenta de las vinacotecas, cervetecas y licortecas del lugar. Digo yo, ¿eh? Después recurrían al manido argumento del "uy, es que no es incompatible una cosa con la otra". Pues sí, amigo/a, sí que lo es. Sin duda, además. Las tres horas que pierdo mirando unos cuadros que no se van a mover de ahí (y aunque lo hagan me da lo mismo) en un lugar que hiede a sopor es tiempo que no dedico a beberme cañas en bares de suelos pringosos que puede que ya no estén de un año para el otro. No sé cuándo volveré a la ciudad que visito, ni siquiera si volveré a hacerlo algún día, así que prefiero obsequiar con mi presencia y dinero a un truculento bar de calañas que al narcótico inapetente de un museo. ¿Les digo yo que son todos ellos unos hijos de puta? Pues ya está. Muy poco respeto en este país, de verdad. Unos hijos de puta, eso es lo que son.

Recuerdo un museo (en una ciudad que no pienso nombrar para no herir suspicacias) que me dejo estupefacto cuando lo tuve frente a mí. Pensé "coño, ¿el erario público ha sufragado este mamotreto colosal en una ciudad tan pequeña?". Un edificio de magnitudes desproporcionadas, totalmente discordante con la dimensión de la ciudad. Además de la clara evidencia que su mantenimiento era inviable económicamente, en lo urbanístico ni siquiera dialogaba apropiadamente con el entorno. Un mazacote que no sólo tendría un tamaño extraordinario para Madrid o Barcelona, sino que sería considerable en toda una Nueva York. Hasta en Trantor. Una barbaridad. Superada la impresión inicial, al menos esperaba que el interior albergase material e información a la altura del derroche que supuso levantar semejante estructura monumental. Nada más entrar la estupefacción derivo en la necesidad de tomar estupefacientes a quintales para sobrellevar la triple T del lugar: Triste, timo y tostón. Una edificación gigantesca, de diseño cuestionable y nombre solemne para acoger plafones informativos con dibujitos para niños de teta y vídeos explicativos del nivel de Petete. Escándalo, bochorno, ignominia. Perdí cinco medianas lo menos por el museo despilfarro.

No, no me gustan, y esa es una de las razones por la que a veces observo más a la gente que se ensimisma con los cuadros o los objetos expuestos que la cuestión propiamente museística. Miro a esa pareja que tengo a la derecha que contempla absorta un bodegón de tres manzanas en un cuenco al óleo, o esa chica que mordisquea la patilla de sus gafas de pasta estudiando una caracoleada lámina de metal y me pregunto si están viendo algo que yo no soy capaz de ver. Entonces escudriño con cara de gilipollas esa bayeta sobre un cubo exhibida en la vitrina con un rótulo que reza "embeleso de la materia" intentando descubrir éso que a simple vista no se percibe. Examino con detenimiento y respeto; analizo, reflexiono y concluyo que esa bayeta sobre un cubo es una puta bayeta sobre un puto cubo obra de un caradura pedorro, vanidoso y vapuleable hasta el desmayo. Si las otras personas han interpretado algo más, me pregunto, ¿qué Hostias soy yo entonces, un torpe, un insensible, un subnormal, un psicópata o qué coño pasa aquí? Así salgo de los museos. Colérico, irritado, escocido como el culo de un monaguillo. Iros a la mierda ya, cabrones.

A mí no me venden más la moto. Un museo es un lugar macabro, soso y antidemocrático. En un partido de cualquier deporte puedes cagarte en ese jugador que lo está haciendo mal, pero en un museo no puedes gritar al artista lo que es, un pedazo de cabrón sin alma, recriminándole sus cuadros hediondos de arte contemporáneo que parecen haber sido dibujados por un armadillo disfuncional con algodones en las patitas. Un museo es un escenario hostil e antisocial. Prohíbe hablar en voz alta; de follar ni hablamos. Un museo es padecimiento. No puedes beberte una lata de cerveza, ni pillar un gramo y no hay barra de bar. Un museo sólo es fascismo, hombre ya.

Museos go home. No pasarán.

martes, abril 30, 2013

Ser de barrio

Siempre me han cabreado las afirmaciones de esas personas que encuentran acomodo para su incultura/ignorancia y falta de ganas de aprender en su condición de gentes de barrio, repitiendo esa malévola asociación como si de un mantra se tratara; y con orgullo, además. Lo formulan como si barrio e ignorancia fuesen concomitantes, como si fuera un axioma el sostener que para ellos el haber crecido en este determinado espacio urbano condicionara tanto como para resignarse a ser poco menos que unos iletrados. Quizá sea porque esas personas se encuentran más cómodas con su realidad restringiendo la relación del barrio consigo mismas a un estereotipo que dibuja individuos semianalfabetos que sienten que están en este mundo sólo para verlas venir. Puede que porque les sea confortable concederle al lugar donde residen una impostada naturaleza inflexible en la que no hay nada opcional porque solamente quieren entenderla como un contenedor para aquellos que están en un supuesto estadio inferior sobrevenido por una suerte de sistema de castas. Vamos, que como es lo que toca para qué comerse la olla. Pues no: es mentirse por cobardía.

Lo propio siento por las manifestaciones de esas personas, también de barrio, que son las némesis de las anteriormente citadas, que se inclinan casi por exhalar sus anhelos, destapando deseos ingobernables que se sustentan por esquivar lo aledaño y les lleva a despreciar, olvidar o a vincularse sólo muy exteriormente con su realidad de proximidad, minusvalorando la profundidad del pequeño universo cotidiano. A veces sin ser conscientes hacen de menos lo cercano, menosprecian ese mundo físicamente tan inmediato pero tan distante en sus prioridades. Quizá no quieran comprender que entender el barrio como un simple lugar de vida colectiva ceñido a interminables y reiterativas urgencias sin aliciente es arrogante, pretencioso y, por encima de todo, deshonesto para con ellos mismos. Puede que no quieran concebir que subestimar el calado y profundidad de ese firmamento de reducidas dimensiones que ignoran porque lo circunscriben a un lugar sin pasión y sin estímulos, y que dicen encontrar en la India de viaje espiritual o yendo de pelacañas a Cuba, es la excusa del mal vendedor que no sabe saldar cuentas (que se tienen consigo mismo). Es cuando no se viaja impelido por las ansias de conocimiento, sino por la incomprensión que se tiene de sí; cuando se viaja para huir... de uno mismo.

El barrio es un lugar que lejos de ser una realidad invariable, un espacio social lineal y un universo pétreo sin fisuras, es una existencia de miradas heterogéneas que...

...

¡Qué pollas! Tanto rollo y tanta hostia, a mí que me importan los gilipollas esos. Ser de barrio es molar del copón. Punto. El que no mole que se muera.

Que coño sabréis.

viernes, abril 26, 2013

Las tallas de Pull and Bear

Semanas atrás buscando una chupa tejana a buen precio me dirigí presto a una de esas plazas que glorifican el consumismo y es ágora de zombies, un centro comercial. Detesto entrar en ellos, pero no me apetecía tirar de metro, así que me puse las rodilleras y genuflexioné a sus "encantos".

Un vez en ese lugar mefistofélico busqué en Stradivarius, Berskha, Springfield y no sé cuantas tiendas de moda más para la chavalería que no me molaron una mierda. Solamente vi chaquetas despreciables con precios aparatosos. Parecía que la búsqueda había llegado a un impasse, pero mientras me bebía una horrible cerveza desbravada en un impersonal bar franquiciado, vi pasar unas niñas con las bolsas de Primark y se me encendió la bombilla. Entré a esa tienda que en horas punta parece un zoco marroquí y encontré una tejana que no estaba mal; y a buen precio. Pero tras mucho explorar entre las ropas apiladas no hallé talla mayor que la "M". A punto de tirar la toalla resolví internarme en una tienda que quería evitar, la puñetera Pull and Bear. Definitivamente, no es mi sitio, pero justo cuando decidí marcharme advertí una chupa bastante guapa por unos 30€. Miré el tallaje y me dispuse a probarme primero la "L": si hubiese tirado un poco habría destripado todas las costuras. ¿Ésto es una "L"? Señores de Pull and Bear, si alguna vez deciden abrir una tienda en la selva del Congo, está "L" cobrará sentido porque se ajusta al biotipo promedio de los pueblos pigmeos. Pues nada, como la "L" para los pigmeos más colosos no me sirvía, me probé la "XL". Me entraba, pero como entra un condón en una polla erecta. ¿Es una tienda sólo cuerpoescombros o qué coño pasa con Pull and Bear? Joder, que soy grande pero no ciclópeo, y me sentí como el Increíble Hulk en una tienda de ropa para bebes. Y con la misma ira, oigan.

Pero no más indignación por hoy. El finde pasado pude ver por fin a uno de los grupos de mi adolescencia (y mi juventud, y lo qué demonios se suponga que tengo ahora) que en todo este tiempo nunca pude llegar a ver por una u otra razón, y desde entonces estoy de muy rollo. Ya han pasado muchos años, y de los miembros originales sólo queda el cantante/batería, pero finalmente 20 años después pude verlos en directo. Desde entonces estoy tan moñas que acaricio peluches. Soy como un osito amoroso con una chupa que cuando se la quita descubre un cuerpo lleno de moratones puesto que la sangre no le riega porque le aprieta como un corsé del siglo XVI.

Os dejo con ellos, que estoy de un tonto...

miércoles, abril 24, 2013

Jurgita

Más de una vez me he empecinado en subrayar que Barcelona no es una ciudad rockera, pero es una afirmación que no se ajusta plenamente a la realidad. Hay que matizarla, y quizá lo correcto es decir que tiene una noche de garitos aburrida para este rollo, las dimensiones del área y el impacto turístico de la urbe.

Nuevamente vuelvo a ir a uno, dos o tres conciertos por semana, pero después de un tiempo yendo muy puntualmente a ellos y compulsar distintas noches de ciudades, he podido comprobar lo apagada que es la noche en esta ciudad. Como cualquier gran ciudad con sus mismas características, cuenta con un circuito de conciertos sobresaliente. De lunes a domingo tenemos muchos en distintos locales de la metrópolis y huelga decir que los grupos internacionales hacen escala aquí sí o sí. Aficionados a los distintos subgéneros (y satélites) de esta música los hay a espuertas, pero la noche no está a la altura. En bares para estos sonidos es un solar, y el movimiento nocturno es, en general, muy pobre para la masa crítica de la zona. A pesar de que es la quinta-sexta área urbana más poblada de la UE, la sensación que da es que las calles estarían vacías si no fuese por la cantidad ingente de guiris que la recorre.

En los tiempos extraños que me impelieron a tener una cuenta de facebook, chafardeando cuentas ajenas (la utilidad de mayor rendimiento en esa herramienta "social", ¿no?) recalé en una que pertenecía a una chica del nordeste de Europa. Como si fuera para ella un mecanismo de promoción tenía el perfil completamente abierto, así que cotilleé casi con determinación y saña: jódete, por capulla y tener esta mierda. Vehemente y cabrón que puede llegar a ser uno. Después de deleitarme con fruición con las fotografías personales de la susodicha (porque las cosas como son, la chica estaba más buena que la casa de caramelo de la bruja de Hansel y Greter con lonchas de farlopa en el lavabo), me detuve finalmente en una carpeta que tenía marcada como "Barcelona". Entré a fisgonear en ella. Constaté que la niña, además de ser tan deliciosa como el all-i-oli, no era la típica turista de playa y borrachera. Su retrato de la ciudad iba más allá de la estampa clásica que la mayoría de visitantes recoge cuando visita otra ciudad. En esa carpeta tenía unos fotos que, además de muy bien encuadradas y enfocadas y con unas perspectivas fantásticas, correspondían a edificios y enclaves que sólo alguien a quien de verdad le interesase la arquitectura se molestaría en realizar. Pero fueron sus palabras y no las imágenes lo que más me llamó la atención. La primera de las fotografías venía acompañada de un texto (en inglés) que rezaba algo así como "¡Amo Barcelona! Que ciudad tan bonita, maravillosa, fantástica..." y más bla, bla, bla, para cerrar con una última foto que decía "... ¡y tan aburrida!".

La referida era de Kaunas, Lituania. Jasikevicius, Kurtinaitis, Sabonis y Valdemaras Homicius. De acuerdo, han salido grandes jugadores de baloncesto de esa ciudad y es la patria de los caballeros de bigotes lustrosos y exuberantes, pero me parecía demasiado que una ciudadana de Kaunas pudiera manifestar tal cosa. Por ahí no pasaba. Como se suele decir, "Barna es una hija de puta, pero es mí hija de puta". Empecé a pensar en los hermanos Gasol, Navarro, Ricky Rubio y "Matraco" Margall. Me inflamé de ira. Mi cabeza fue sometida por pensamientos encolerizados y se hacía preguntas enfurecidas para respuestas irritadas: ¿Qué coño ha dado el báltico en la historia? ¿Vikingos? Nuestra ciudad está enclavada en el Mediterráneo, que es la cuna de la civilización occidental, confluencia de culturas, y pieza fundamental del desarrollo de Europa. ¡Claro que para esta maldita translúcida arribada de un pueblo endogámico instruido en la barbarie no hay fiesta! Es una salvaje acostumbrada a divertirse saqueando y quemando poblados. ¿El Báltico? He visto charcas más grandes que esa bañera que llaman mar; y con más fauna. Plancton y mejillones. Ojo, ¿eh? Plancton, unos bichos idiotas sin ningún conocimiento que se dejan comer por ballenas, que sólo tienen que abrir la boca y deglutir; y mejillones, unas cosas que viven y mueren pegadas: primero a una roca y después en una lata; Sí, unos animales asombrosos y fascinantes los que tienen por allí. "Jurgita, corazonius de mi vidius, me voy al báltico a dar un bañito". ¿Habéis escuchado eso alguna vez? No, ¿y sabéis porqué? Porque NADIE lo dice, nadie se baña en un mar tan helado que corta el flujo de espermatozoides. Voltaire dijo que "Cataluña puede prescindir del universo entero pero sus vecinos no pueden prescindir de ella". Sí, es una gilipollez, pero... ¿Qué dijo de Lituania, que produce un pan maravilloso? Porque están buenas, mecaaaagüen, que si no me iba a cagar en la mar. En su mar Báltico.

Pero toda esta indignación que escrita pareciera que se dilató en el tiempo, realmente duró una centésima de segundo (pero muy intensa). Cuando la lucidez volvió a mí no me quedó más remedio que rendirme a la verdad y reconocer que me cabreé porque esta Jurgita tenía toda la razón. Bcn es aburrida de cojones y aunque no fuera así, las lituanas pueden afirmarlo si lo desean.

¿Qué hombre hetero puede aburrirse de noche en Kaunas? ¡Ay! Jurgitas y vitalijas de la vida...

miércoles, abril 17, 2013

El show de la mierda

Hace años que no veo los noticiarios de la televisión como un hábito. Me recuerdan a los colmados de los barrios. En este caso serían colmados audiovisuales que en lugar de estimular los nervios con estanterías desbordadas por productos absurdos, lo hacen con teleprompters de contenidos consagrados a una línea de instrumentalización política y crónicas peregrinas y reiterativas (ansioso de ver la noticia anunciando el verano con un termómetro marcando 40 grados en Sevilla). Anteayer, sin embargo, fue un día de excentricidades, así que encendí la televisión a la hora del telediario y me empapé de esa mierda (hoy será una entrada muy dada a la mierda). Me encontré que hablaban profusamente de un atentado en una ciudad de los USA. Vi mucha tele, y durante todo el día se estuvo hablando mucho del tema.

Es un hecho trágico, y como tal cualquier persona en sus cabales debiera lamentar y censurar sin peros, excusas ni contrargumentaciones, pero cuando acontecen hechos luctuosos como éste siempre hay quienes aprovechan para desplegar su abanico de argumentos falaces. Para cerciorarme de esta penosa perogrullada recurrí a una de las fuentes más ricas en ese tipo de argumentaciones: los comentarios de lectores de los periódicos digitales. Una vez confirmado el motivo de mi curiosidad busqué noticias similares que hubieran ocurrido en las últimas 24 horas (que en algunos casos no es sólo que recibieran una muy menor cobertura, es que fueron tratadas de soslayo) para ratificar algo que también iba a ser de perogrullo. Evidentemente la búsqueda dio como resultado sucesos tan dantescos como el que sufrió la ciudad de Boston: 30 muertos en un doble atentado en Somalia; ataques terroristas múltiples en Irak que dejaron cincuenta cadáveres y 200 heridos; al menos 15 víctimas mortales y 50 heridos en un asalto en Siria; hasta el momento, contabilizados 54 fallecidos y un centenar de heridos en un ataque suicida en Afganistán.

A los responsables de los argumentos falaces no les faltaba razón, ciertamente, porque la sensación es que cuando tan fúnebres sucesos sobrevienen en el resto del mundo, todo rueda, todo sigue; pero cuando el atentado es en USA: párese el mundo. Es la cruda realidad que en el show mediático de la muerte, para el mundo occidental, la vida de un estadounidense vale más que la de cualquier otro. Pero no es menos cierto que ésto les sirve a algunos para justificarse en razonamientos abyectos que eluden las desaprobaciones buscando coartadas y disculpas poco apropiadas y nada lógicas. Al final parece que sólo se trate de espurrear argumentos basados en premisas reactivas y no reconocer un hecho deplorable impedidos por filias y fobias.

Pero también se dice que no hay que culpar a un parque temático por no ser una catedral. Por lo tanto no podemos culparnos por ser humanos (y occidentales), por ser una especie podrida, por entrar acomodo en la deshonestidad, por ser emocionalmente disfuncionales y cobardes. El problema es que ahora todos nosotros somos amplificadores de gran alcance, y al trasmitir sin mesura estando cómodamente parapetados en el refugio de los nuevos medios, hemos creado una maraña imperial de necedad y pusilanimidad de la que no saldremos jamás.

¿Y ésto? ¡Ay! Porque añoro los buenos tiempos (sí, los buenos tiempos), cuando ni se intuían los facebooks, ni los foros, ni los chats, ni los twitters, ni los emails, ni los teléfonos móviles, ni sus aplicaciones, ni la TDT, ni los guisantes congelados de La Sirena. Ni los blogs. Cuando éramos tal cuál somos ahora pero al menos no propagábamos nuestra mierda con tanta facilidad.

Sí, echo de menos los tiempos en los que un baneo era una ilustrativa paliza, un owned una hostia guapa que hacía saltar los dientes y un tuit una colleja homicida. Cuando no hacía falta quitar a alguien de una estúpida lista de amigos ni existía la chorrada del botón "ignorar" porque sólo podíamos mirarnos a los ojos y decírnoslo a la cara haciendo acopio de fuerzas y coraje. Buenos tiempos de mierda porque de algún modo protegía a la gente real y a las actitudes reales. Ahora son tiempos de mierda, sin más. Tiempos de mierda con los medios para poder ejercer como gentes de mierda que se solazan en lozadales de mierda. Tiempos donde ha crecido exponencialmente el número de personas cuyas jetas donde mejor lucirían serían en bordillos con los dientes quebrados, la mandíbula fracturada y los ojos suplicantes.

Es un mundo de mierdas a los que quiero decirles, literal y figuradamente: comedme la polla. A ver si mamáis más calle, panda de tarados gilipollas.

El ser humano es basura. Pero basura, basura, basura... de mierda.

lunes, abril 15, 2013

Gabba Gabba Hey!

Hace unos días pude escuchar en una clase magistral de un conocido dibujante de cómics como éste confesaba que no le interesaba que sus dibujos fuesen una lección de anatomía ni de hiperrealismo, ya que ésto iba en detrimento de lo realmente importante: una historia que pudiese leerse con fluidez. No le fascinaba la idea de que sus lectores se detuviesen en cada viñeta a admirar los detalles del dibujo porque eso entorpecía el ritmo narrativo. En definitiva, que como bien sostenía el autor, para el ejercicio contemplativo ya están los cuadros de las galerías de arte.



Esa misma filosofía, aplicada a la música, con sonidos de ritmos urgentes, intensos e inmediatos que eran una alegoría sónica de nuestro estilo de vida descrita con y desde la pasión y los anhelos más primarios, fue la marca distintiva de unos ilustres músicos neoyorquinos. Las suyas eran canciones sin ínfulas, elementales y estúpidas; es decir, que todo lo sofisticado, aparatoso y enrevesado era engullido por una tolvanera de energía, inocencia y diversión sin más matices que los que tiene la exaltación de la vida.

Sí, porque el chiste más estudiado, pomposo e "inteligente" sólo trasciende para perderse en el olvido o relegarse a la indiferencia, en cambio, algo atávico, misterioso e indescifrable que no puede entenderse con simplemente desgajarse, convierte en chiste eterno la simplicidad de un tartazo en la cara. Eso simbolizaban precisamente The Ramones, una tarta impactando en la cara que acontecía en carcajada. Una tontería ingenua que en sí era una ocurrencia tan maravillosa como imperecedera.

No soy nada mitómano, pero esta entrada de hoy es una efemérides. Tal día como hoy murió el líder de una de esas bandas que con su música hizo más llevadera mi adolescencia (y lo que vino después).

Suscribo el deseo de esta canción suya.

martes, abril 09, 2013

Catalanopithecus y españolopithecus

Los sentimientos de apego, la conciencia de pertenencia, el arraigo a un lugar, sentirse parte de una colectividad e incluso los deseos de una determinada organización político-territorial son necesidades de aceptación que, como animales que precisamos considerarnos a nosotros mismos parte de un grupo, nos satisfacen porque equilibran las exigencias comunales que nos demanda nuestra naturaleza tribal. No hay nada despreciable en ello. Todos los tenemos y los manifestamos en mayor o menor medida. El problema viene cuando la falta de autocrítica, reflexión e información transforma al hombre tribal en un gregario idiota con anteojeras que hace de la identidad su único modus pensanti y en base a ello su modus vivendi.

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El mundopithecus

Existen argumentos más poderosos que los biológicos

Los géneros que dan origen al 5º mundo o mundopithecus presentan las características morfológicas del homínido bípedo (y el 100% de su ADN) y grandes simios, pero veréis que están catalogados como "pithecus" en deferencia y como señal de respeto a orangutanes, bonobos, gorilas, chimpancés y resto de humanos.

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Catalanopithecus

Las primeras de las especies, las lloronus, cubren un área de poco más de 32.000 km2.

- La lloronus identitatis. La vida, o más bien su concepción de ella, se rige por un sentido de la casta:

1. En la cúspide de la pirámide social están ellos.
2. Catalanes de tercera generación en adelante.
3. Los vascos que están de turismo.
4. Los irlandeses de erasmus.
5. Catalanes de segunda generación que participan en collas castelleras y pronuncian bien la 'S' sorda.
6. Catalanes de segunda generación que nunca hablan en catalán pero son del Barça y les importa un rábano España.
7. Catalanes de segunda generación que se sienten también españoles en algún grado (abanico muy amplio).
8 y 9. Chinos, indios, pakistaníes, y marroquíes.
10. Españoles.

Su mayor particularidad es que tiene muy desarrollado el eufemismopithecus. Verbigracia: Francia siempre es Francia, Italia siempre es Italia, España siempre es Estado español. Aunque es territorial y sedentario, puede llegar a hacer expediciones al País Vasco y Navarra sin temor a sufrir apoplejías. Se sabe de uno de ellos que viajó hasta Guadalajara por error y tuvo una crisis catatónica de varias décadas cuando le aseguraron al volver que estuvo a sólo 60 km de Madrid. Su biblioteca particular tiene un fondo de 20 libros, todos del diario Ara. Destacan "Cristóbal Colón era Cristòfor Colom" y "La Lluna es un satèl.lit català que varen conquistar els almogàvers".

- La lloronus economicus es menos interesante porque ha llegado a la identidad desde la cartera. En principio no se diferencia mucho del resto de catalanes homo sapiens preocupados e interesados en su futuro, pero éste difiere de la línea sapiens por la vehemencia y firmeza en sus exposiciones sin profundidad analítica ni inteligencia ninguna. En mis estudios de campo con estos especímenes todavía no he logrado que desarrollen el "Madrid nos roba" y "España nos roba" más allá del "es así" o "por qué sí". Todos tienen mi tarjeta para que me llamen de aquí a unos años si han aprendido a argumentar. Son de sinapsis lenta. Muy lenta. Tardía.

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Españolopithecus

Las especies rancius habitan en un territorio que abarca cerca de 505.000 km2.

- El rancius españonensis es una especie sucia que convive con la caspa y la diarrea ideológica. La teología del fútbol y los toros son la base de su instrucción. Se realiza cada 12 de octubre y sueña con acabar con los "dialectos" que, en su opinión, hablan otros para joder. Probablemente por emulación, porque lo cierto es que carece de un sistema de comunicación complejo. Lo descubierto hasta ahora indica que el ladrido (acompañado del aspaviento) es su único sonido característico. Su visión del mundo también se guía por la estratificación:

1. Los españoles de bien que piensan que España es indivisible.
2. Los españoles "rojos" que prefieren esta España indivisible a ver una Cataluña independiente.
3 al 8. Nada. El vacío.
9. Los inmigrantes.
10. Los españoles críticos que no piensan como ellos.

- El rancius catalanensis convive en el mismo hábitat que el lloronus, con el que litiga en una dura pugna territorial. Aunque ahora esté en franca regresión, en su momento dominó incontestable las eras vallesocenica y baix llobreganaira. Se le supone la misma inteligencia embrionaria que al resto de especies que componen el mundopithecus porque sabemos que es capaz de distinguir una cuchara de plástico de una navaja de siete muelles. Así que esta especie también presenta las mismas capacidades cognitivas que una paloma tarada, virulenta y enajenada. En su caso nada puede aportar intelectualmente porque su cerebelo se consagró al aprendizaje del diseño de la bandera rojigualda: No cabe nada más ahí. El mundo no le echaría de menos, salvo su camello y su pitbull. Quizá.

Definitivamente, la evolución hizo su agosto con esta especie. O puede que Dios. Si existes señor del triángulo con un ojo... con esta especie te pasaste mucho, neeeeeen.

Así es el mundopithecus, un terreno yermo para la ilustración. Un mundo de hombres y mujeres tan fascinantes como una colitis.

lunes, abril 08, 2013

Cuarto y mitad de identidad

La identidad colectiva en Cataluña es percibida por su ciudadanía con una gama de colores tan dispar como discrepante, pero esos matices y desemejanzas no impiden que sea un concepto muy presente que se cuela por las hendiduras de la sociedad penetrando con mayor o menor intensidad en los miembros de toda su población: de distinción del barrio, de confirmación municipalista y de autoafirmación nacional. Aunque en algunos de estos casos los retratos sociales, políticos y culturales revelan cuadros tan diferentes que dibujan un nexo artificial, siempre confluyen en una idea común que encuentra una justificación vinculante más allá del espacio geográfico y realidad político-administrativa.

La identidad no deja de ser un trastorno primario para indolentes espíritus gregarios que siempre acaba siendo la premisa principal que argumenta ejercicios fraticidas, todo y que para la mayoría de los que encuentran algún tipo de acomodo en la identidad colectiva es más una respuesta defensiva que una verdadera convicción nacionalista/chovinista/étnica. Incluso a menudo se interpreta como una defensa exacerbada de la identidad un sentimiento colectivo que no trasciende a lo étnico y sólo actúa a modo de espolón contra agresiones externas.

De todas formas en un escenario capitalista es además una coartada como otra cualquiera para banalizar y mercadear con un sentimiento que puede llegar a ser muy peligroso. Poco puede deformar tanto y llegar a ser tan aberrante como el negocio de la identidad o el tráfico de las singularidades, con las sensibilidades nacionales como pretexto de merchandising. La garrulada tribal unionista está muy vista, la otra no tanto.

Explotar las particularidades o el negocio de lo singular

Anima a tu equipo de fútbol favorito con determinación y aplomo. Convierte el estadio en campo de batalla, al equipo en ejército, y a ti en soldado civil de apoyo. Sé un héroe portando los colores de tu equipo y tu Patria en la simbiosis de ambos.



Patrocina un club profesional deportivo. Te verás beneficiado deportiva o/y moralmente: si el equipo cosecha triunfos será un ejemplo paradigmático de la supremacía patria, de la superioridad nacional, de la excepcionalidad del territorio, orgullo del país; si acumula derrotas hallarás la causa en los procedimientos de instituciones arbitrales españolistas de ultracentro con sede en Madrid. Con la Patria siempre ganas.



¿Miopía? ¿Astigmatismo? ¿Vista cansada? ¿Refulgencias solares? Con las gafas para ver el mundo color de rosa por fin podrás percibir el verdadero y genuino color de la soberanía nacional.



Refréscate como un almogaver y combate los productos invasores del LIDL y Mercadona. Bebe y lucha.





¿Nunca te has preguntado por qué vomitas cuándo bebes mucha cerveza? Pues porque estás intoxicando tu cuerpo con veneno español; ésta es la única que no podrás potar. En lugar de regurgitar bilis surgirán de tu boca unicornios deslizándose en un arco iris.




Primero fueros las Air Jordan, ahora las Air Oleguer. Vambas 100% combativas.



Desprende olor nacional para atraer los patriotas más guapos del casal. Purifica el aíre contaminado por traidores, cauteriza las heridas emocionales causadas por los bárbaros novios españoles e inmuniza contra los que no pronuncian correctamente la 's' sorda. Eau de calçot.



¿Cadenas de televisión que tienen a Ramoncín como contertulio defensor del independentismo Catalán? Yeah, este mediador en Madrid nos llevará a ser un estado más de Europa en menos de los que canta un pollo frito. Éste, de hecho. ¡El Rey del pollo frito ministro de exteriores de Cataluña!





Real como la vida misma.

jueves, abril 04, 2013

La patria rancia y carpetovetónica, entente entre culturas y puente a la independencia

Hace un tiempo un militante de una organización independentista, actualmente residente en Barcelona pero nacido y criado en un pueblo de esa Cataluña rural de comarcas que presenta un perfil marcadamente nacionalista, me confesó que, en su opinión, el problema de la izquierda independentista, aquello que le impedía una mayor presencia en el área metropolitana de Bcn era que, sin pretenderlo, había entrado en una espiral endogámica-étnica a causa de no haber incidido más en una labor pedagógica que involucrase al castellanohablante hijo de inmigrantes españoles, y a los propios ciudadanos nacidos fuera de las fronteras catalanas. Que quizá debiera haber soslayado un poco el tema lingüístico e identitario en plazas "duras".



Entendí aquello como una manera de interpretar esa táctica política que consiste en adaptarse al discurso imperante en lugar de intentar convencer a los demás con el propio discurso. Yo no podía estar más en desacuerdo con aquella afirmación. La culpable de la nula implantación del latir soberanista en el área metropolitana de Barcelona no era la mala praxis propagandística de la izquierda independentista, simplemente es que no cabía la posibilidad de crecer y asentarse porque no existía la necesidad entre ese grupo objetivo deseado de abrazar el anhelo de la liberación nacional. Ninguna prédica por más elaborada y dúctil posible podría haber sido convincente, pues los lazos familiares con España eran firmes y en caso de existir algo, aunque muy tibio, era un sentimiento de clase, nunca en clave nacional. Para el catalán conocido como "segunda generación", y no digamos para los que en su momento fueron llamados nouvinguts, el fet diferencial era una cuestión totalmente irrelevante y ajena. Por más concesiones que hiciese el independentismo, el componente cultural siempre sería el eje principal, así que cualquier esfuerzo por crecer sería infructuoso.

Años después de aquella conversación la tesis que defendía mi contertulio ha sido superada por los hechos. El independentismo ni siquiera ha necesitado mutar el discurso para multiplicar el apoyo en esta difícil plaza para su causa, es que se ha visto superada por la realidad.

El apoyo (no ya mayoritario sino mínimamente significativo) del ciudadano catalán nacido fuera sigue siendo una entelequia; que haya arraigado no ha implicado también preferencia por mover la maceta de la terraza. Pero entre los hijos de éstos el statu quo ya se cuestiona, el soberanismo no es visto con indiferencia ni hostilidad (salvo para los unionistas nacionalistas, claro) porque ahora es una cuestión que trasciende los temas de identidad y todos aquellos que entroncan con la apertura de cismas asentados en la defensa de las singularidades. Existe el voto étnico (en ambas direcciones), pero al ciudadano promedio de esta área (que conviene no olvidar que representa el 75% de la población de Cataluña) las cuestiones identitarias se la siguen trayendo al pairo. De esta zona se decía, acertadamente, que el soberanismo crecía en paralelo al malestar de los usuarios con RENFE. La población de esta zona se cabrea con España cuando llegan tarde los trenes de cercanías que tienen que llevarles al y traerles del trabajo.



No menos cierto es que las expectativas creadas desde el círculo independentista son ciertamente muy elevadas, sobre todo porque está por ver la solidez y la implicación de los nuevos conversos, que se mueven por el mucho más volátil camino de las razones económicas/políticas en lugar de las histórico/culturales. En las Cornellà, L'Hospitalet, Santa Coloma, Badia, etc., me atrevo a aventurar que no hay más de un 20-25% de explícito apoyo separatista, y como he apuntado antes, el conjunto poblacional de éstas representa un porcentaje elevadísimo del total catalán. Aunque no menos cierto es que ya es mucho mayor del que podría haber logrado hace una década y, lo más importante, el indiferente ya no es necesariamente hostil: es un aval basculante.

Contrariamente a lo que pensaba aquel chico adscrito ideológicamente a la idea de independencia i socialisme que debatía conmigo en un ruidoso bar del barrio del Raval, el independentismo no ha tenido que ajustar el discurso para llegar a un grupo difícil, sino que al independentismo han llegado... vía otras motivaciones. Ha bastado el hastío a esa España a servicio y disposición de las políticas parasitarias radiales, de una comunidad como único nodo a la que sobrealimenta para adelgazar a otras y nutrir con lo básico al resto. Los delirios imperiales de un Estado para con una comunidad es un modelo de articulación por sí mismo suficiente poderoso; los Wert, Monago, Ignacio González de turno y su España eterna hacen el resto.

La idea de "parisificar" empobrece y genera comunidades mendicantes perennes. Lo realmente increíble no es que el independentismo haya crecido exponencialmente en Cataluña, sino que en el resto no se cuestionen un Estado totalmente sucursalizado cuya única función parece ser la de enriquecer y otorgar poder total a una sola comunidad.

Pero lo que no dijo aquel chico, y seguro que era plenamente consciente, es que a quien deben implicar para lograr la independencia no es al catalán de segunda generación que ya sabe que el invento español solamente es un pretexto para alimentar una comunidad artificial creada con un único propósito, a quien tienen que convencer es a Isidre Fainé.

miércoles, abril 03, 2013

Por dignidad, no al fútbol en los bares

Aunque revela la idiosincrasia ternasco que caracteriza el país, pocas reflexiones críticas más estériles pueden darse que aquellas que orbitan alrededor del fútbol profesional.

Existe un consenso enjuiciador. Hay un lamento generalizado por el trato que recibe el fútbol de niño mimado desde los poderes gubernamentales y el agravio para nosotros, como ciudadanos, que supone el consentimiento de sus caprichos, pero la queja no impide a un porcentaje notable de los acusadores apoquinar como devotos la cuota de abonado, y sentarse frente a la pantalla para contemplar las "hazañas" de gladiadores de medio pelo, atender a los resúmenes de noticias peregrinas de 45' (de mayor cobertura que la propia información general), y enajenarse con los programas temáticos de un grupo de capullos que ensucian el periodismo y el deporte.

El fútbol profesional es una estafa consentida al abrigo de las instituciones y sostenida por dos planes de saneamiento, descrédito de un Estado y vergüenza del pueblo que lo alienta y permite. En España las condonaciones de deuda por parte de una administración pública y el incumplimiento sistemático de las obligaciones tributarias por parte de las empresas del esférico son agravios comparativos que se compensan fácilmente con la Champions en televisión. El balompié no paga a Hacienda y nosotros para compensarlo nos vemos obligados a pagar más impuestos. El trato es una tomadura de pelo y lo saben aquellos que disfrutan de la farsa del fútbol profesional; se quejan, lloran y patalean, pero lo siguen, cuidan y alimentan. Que les quiten el pan, mientras le quede circo. ¿Contradicciones fundamentales? Nah, es que vivimos en un país de idiotas.

Secada toda fuente de inspiración enriquecedora, el ciudadano promedio es inválido y casi ciego: dale fútbol que éste le guiara. En un país sin inquietudes ni ilustración, el fútbol ya no es fiesta ni espectáculo, sino una perversión del vasallaje, una pasíon envilecida. Es la pieza instrumentalizadora y la herramienta hipnótica definitiva para subyugar un pueblo ignorante, servil y medroso.

El fútbol profesional en España como catalizador social es un eufemismo para no llamarlo elemento de contención. El universo balompédico refleja la connivencia de este país con la pobreza de espíritu y la mansedumbre, porque hay una planificación colectiva que funciona desde tiempos inmemoriales: ellos no pagan, nosotros sí; les reímos las gracias, y Santas Pascuas.

Dijo aquél que "La especie más barata de orgullo es el orgullo nacional [...] cualquier miserable tonto que no tiene en el mundo nada de lo que poder enorgullecerse adopta como último recurso el sentirse orgulloso de la nación a la que pertenece." El fútbol recoge ese sentimiento como elemento de tensión nacional y sublimación territorialista con ejércitos desarmados que se enfrentan en una suerte de guerras simbólicas. Dicho de otra manera, el mismo gregarismo tarugo para masas poseídas por los arrebatos más estúpidos e irracionales.

País tan energúmeno no lo soñaba el Marqués de Sade padeciendo 40 de fiebre por dos semanas.

Fuera fútbol de los bares. Viva el dominó.

martes, abril 02, 2013

Bares del rollo, prejuicios y paranoia

De crío el primer recuerdo vívido de una canción que realmente me gustase se remonta al año del estreno de la película Depredador. Una de las escenas transcurre en un helicóptero con el comando militar del personaje que encarna Schwarzenegger, y los soldados en cuestión portan un radiocasete del que trona una canción endiablada con ritmo tan montaraz y rudo como animado. Me sedujo tanto o más que la propia película, que me impactó hasta hacerme pasar 7 veces por taquilla. Hasta entonces creía odiar la música, porque todas las canciones que escuchaba en el dial y animaban magazines, concursos y programas musicales en televisión me generaban indiferencia en el mejor de los casos. Como a mis compañeros de clase les gustaban las canciones de las bandas que petaban en las radiofórmulas de aquellos años, como Olé Olé, Bananarama, A-Ha, Mecano y toda una serie de grupos que a mí me parecían abominables, tenia que hacer acopio de mis dotes interpretativas aka tragaderas para no verme desplazado y devenir en un marginado. Me parecían una puta mierda, pero en las fiestas de fin de curso o en casa de algún amiguito las escuchaba sin muecas ni aspavientos.



De aquello y una concatenación de hechos vino lo demás. Casi todos se introducen en el gueto triburbanista sin pretenderlo, solamente conminados por el aburrimiento; yo no iba a ser menos. Todavía se vivían remanentes de los años más intensos del tribalismo urbano, así que únicamente hicieron falta una dosis de necesidad y la inercia para tener una familia en la calle con la que compartir intensidad, energía, camaradería, risas, bullas, momentos jodidos y bla, bla, bla. Molaba participar de esa quimera llamada escena (o escenas, mejor dicho), pero sin mitificar ni dramatizar algo hasta cierto punto banal, ya que lo importante era la diversión por el simple impulso vital. Nunca me interesó tomármela en serio. Jamás entendí a esas personas que tenían la pretensión de inventarse una forma de vida de algo que se evidenciaba sólo como un divertimento, una cuestión estética, de gustos musicales y de mítica.

Una de las razones que me impelieron a alejarme de ciertos ambientes (no de todos) era que estaban impregnados por un triburbanismo sobrevenido en enfermedad infantil que alteraba el concepto inicial hasta el punto de devenir en un movimiento que se movía al ritmo que marcaban círculos de paranoicos. Al final todo se reducía a personas encerradas en una burbuja que les aislaba de la realidad y veían enemigos en cualquier esquina.

Un pub musical que no pienso nombrar porque sus dueños no son culpables del mentecatismo militante de parte de su clientela, (aunque sí de la fetidez a chotuno muerto disuelto en lejía que domina la atmósfera del antro) volvió a recrearme este fin de semana esa sensación de bochorno por estar asistiendo a un ejercicio de prejuicio y paranoia.

Existen garitos con una normativa muy específica que niegan la entrada basándose en los atuendos. En otros sencillamente es el puertas que arbitrariamente selecciona quién entra y quién no, pero para mí estas prácticas clasistas solamente alcanzan niveles ignominiosos en los antros frecuentados por personas que debieran de estar de vuelta de todo ésto porque son herederos del movimiento musical que decidió romper con los cánones imperantes en la música. Música que nació para ser devuelta a la peña de la calle, en una filiación que lo cuestionaba todo y, a pesar de la imagen que se tiene, nació en la homogeneidad estética y ética. Una moda, sí; rápidamente asimilada, también; pero... escucha, que algo queda.

Chavales de ciertos ambientes en los que gustáis de pontificar de actitud, compromiso y ética, CUIDADO CON LAS VOCES. Cuando veáis entrar en "vuestros" garitos tipos que os sacan 10 años (o más), utilizan gomina y fijador, y a vuestros ojos deben parecer vaqueros, no penséis que son de la secreta, infiltrados del Ku klux klan o neofalangistas del siglo XXX de un mundo paralelo deslizados hasta nuestra ciudad en un viaje interdimensional e intertemporal para desbaratar las amenazas de un bar pringoso. Tampoco miréis de soslayo porque no cumplan con los cánones estéticos del lugar que eso contradice los preceptos del rollo.

En serio, amigos, cuando oigáis unas voces que os ordenen matar a alguien, pedid una segunda opinión.

Dedicado.



P.D: ¡Hasta siempre Jess Franco!